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Home › Otras Voces: Mayas › Otras Voces: Mayas - El Conejo de la Luna
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 VOCES MAYAS...

EL CONEJO DE LA LUNA

(leyenda mexicana acercada por un alumno del curso de astro-guias: Profesor Lic. Efraín Gabril Medina Alcocer-antropologo mexicano especialista en "mayas")

El mismo evento astronómico  para toda la humanidad, en diferentes épocas y distintos pueblos tuvieron asociaciones distintas unidas a la cultura y al contexto donde se generaron, explicaciones diferentes de un mismo evento celeste...

 

Quetzalcóatl, el dios grande y bueno, se fue a viajar una vez por el mundo en figura de hombre. Como había caminado todo un día, a la caída de la tarde se sintió fatigado y con hambre. Pero todavía siguió caminando, caminando, hasta que las estrellas comenzaron a brillar y la luna se asomó a la ventana de los cielos. Entonces se sentó a la orilla del camino, y estaba allí descansando, cuando vio a un conejito que había salido a cenar.

   - Qué estás comiendo?, - le preguntó.

   -Estoy comiendo zacate. ¿Quieres un poco?

   -Gracias, pero yo no como zacate.

   -¿Qué vas a hacer entonces?

   -Morirme tal vez de hambre y de sed.

   -El conejito se acercó a Quetzalcóatl y le dijo;

   -Mira, yo no soy más que un conejito, pero si tienes hambre, cómeme, estoy aquí

Entonces el dios acarició al conejito y le dijo:

   -Tú no serás más que un conejito, pero todo el mundo, para siempre, se ha de acordar de ti.

   Y lo levantó alto, muy alto, hasta la luna, donde quedó estampada la figura del conejo. Después el dios lo bajó a la tierra y le dijo:

  -Ahí tienes tu retrato en luz, para todos los hombres y para todos los tiempos.


Cuatro eras o soles habían existido anteriormente. Sin embargo, grandes catástrofes acabaron con todo aquello que existía, quedando solamente oscuridad. Los dioses acordaron reunirse en un lugar sagrado para volver a crear el mundo y darle otra oportunidad al ser humano; y decidieron hacerlo en Teotihuacán. Encendieron un gran fuego y comenzaron a deliberar sobre quién debería ser sacrificado para convertirse en el Sol que daría vida a la nueva creación.

   -¿Quién tomará el cargo de alumbrar al mundo?, se preguntaban los dioses.

  -“Yo lo haré”, el noble Tecuciztécatl adelanto a decir.

  -¿Quién será otro?, replicaron los dioses.

Ante el silencio, todos decidieron que lo hiciera el humilde Nanahuatzin, quién rápidamente aceptó la responsabilidad. Se les construyeron dos grandes pirámides para que ayunaran e hicieran penitencia por cuatro días.

     Tecuciztécatl realizó ofrendas maravillosas como plumas de quetzal y espinas de piedras preciosas. Por su parte, Nanahuatzin hacía ofrendas muy sencillas, como atados de cañas, bolas de heno y espinas de maguey con las que ofrendaba su propia sangre.  

    A la media noche todos los dioses se colocaron alrededor del fuego llamado teotexcalli. Instaron a Tecuciztécatl a entrar en él, pero éste, al ver la intensidad del fuego y sentir su calor emanado, tuvo miedo, dando un paso hacia atrás. Cuatro veces intentó lanzarse al fuego, pero en todas ellas lo detuvo el miedo. Los dioses instaron entonces a Nanahuatzin, quien sin pensarlo, cerró los ojos y se lanzó decididamente al fuego.

Tecuciztécatl, al verlo, se lanzó detrás de él. Poco tiempo después, un sol aparecería, eliminando las sombras de la tierra. Sin embargo, algo no marchaba bien. Detrás del Sol apareció la Luna, iluminando de igual forma el firmamento, produciendo un gran destello de luz. 

Al ver esto, un sacerdote tomó un conejo y se lo lanzó a la Luna, dando en el rostro de Tecuciztécatl, apagando su resplandor y solo permitiéndole ser visto por las noches. 

 

 

 

 

 

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