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una nueva astro-guía inspirada bajo las estrellas
Astro-Guía inspirada bajo las estrellas

Si bien es cierto que la comprobación empírica permite a quienes la realizan ser parte de un momento único, tanto las experiencias como el conocimiento enriquecen verdaderamente cuando pueden ser compartidas. Es parte de la proyección del alma el hecho de querer brindar al otro lo que uno ya posee y gozar en comunión de la misma verdad o de un mismo descubrimiento, pues las revelaciones no son para atesorar sino para compartir.

En mi caso, prefiero reservarme nada y plasmar en alguna medida las sensaciones y pensamientos que me surgieron en la pasividad de la contemplación estelar, del firmamento en toda su grandiosidad y esplendor.

Nos hemos privado a nosotros mismos de poder interactuar con el macrocosmos, tan armónicamente sincronizado con nuestro universo interior; basta con hacer un zoom hacia afuera y hacia adentro de lo que nos rodea para descubrir la perfección puesta en el detalle de cada átomo, molécula, partícula o, si queremos expandir la visión, remontarnos desde el objeto más cercano hacia el más alejado de nosotros, en el universo aparentemente interminable del que somos parte.

El hombre actual muchas veces transita la vida tan ensimismado y preocupado por cuestiones de todos los días que no encuentra el momento ni el sentido, en definitiva, para detener su ritmo caótico y encontrarse con el cielo y descifrar su mística.

Vivimos absortos en el bullicio, en agobiantes actividades diurnas y salidas nocturnas, privándonos de la riqueza visual que se nos ofrece cada noche y habita encima de nosotros, con su grandeza, sus ciclos y el orden innegable que rige cualquier principio del universo conocido.

Astro-Guía

Nos hemos quedado sin noche, sin la luminosidad de la dama celeste, la reina del cielo, que aparece majestuosa y adornada con joyas diamantinas y resplandecientes.

Es el hecho de posicionarse frente a este escenario y dejar de lado por un instante las abrumaciones mundanas, más o menos importantes o superficiales en nuestra vida, no importa cuáles sean… en ese momento afloran los cuestionamientos inherentes a todo ser humano por la esencia misma de la inteligencia, que quiere aprehender la realidad que observa y que resulta evidente ante el asombro humano. Es tiempo de reflexionar sobre el sentido de la vida, de lo creado y del orden dispuesto en cada obra, de lo perfecto y lo perfectible, del origen del tiempo y del universo, del principio y del fin. Somos parte de cada uno de estos interrogantes y la razón exige respuestas. Todos los días conocemos gente que vive sin filosofía, sin principios, sin un sentido definido, porque aún no encuentra respuestas. Pero cuántos de ellos en algún momento de su vida se detuvieron a contemplar, a buscar esas respuestas en aquello que desde antiguo se consideraba la fuente del saber, de todo conocimiento, de cada norma o principio que debía gobernar a la sociedad en general y al hombre en particular.

Podemos ver por un lado a quienes viven de este modo, sin esforzarse en encontrar respuestas o soluciones cuando las tienen de modo tan evidente, o podemos quedarnos con historias de vida que marcaron un hito en la historia universal; estos grandes contribuyeron en pocos siglos al conocimiento tal cual lo recibimos hoy. Fueron hombres que, sin duda alguna, se posaron sobre hombros de gigantes y pudieron ver aún más lejos que los primeros, sin los cuales sus aportes no hubieran sido posible. Ellos cimentaron las bases del saber en todos los órdenes, aprendido de la contemplación de los astros y de su comportamiento en la inmensa bóveda celeste. A este conocimiento se lo decoró con mitos y creencias de diferentes culturas que aún hoy nos cautivan el espíritu y nos acercan a lo que era fundamental en la vida de cada pueblo, convergiendo todas en la contemplación de la cúpula gigantesca que habitaba sobre ellos.

Queda en nosotros tomar distancia de todo lo que perturbe ese orden natural y agudizar la vista para reconocer lo que no nos resulta tan familiar y sin embargo lo tenemos todos los días sobre nuestras cabezas; es una disposición, es la actitud de elevar la mirada y dejar crecer el alma para reconocer cuán profunda puede ser, cómo se espeja el universo interior en el exterior. Necesitamos disfrutar de estos momentos: sosegar la mente y sentir los latidos del corazón al compás de la melodía celestial; no sin razón la filosofía, la matemática y con ella, el arte y la música, que son ciencias capitales y por tanto, raíz y base del resto de las ciencias, tienen su fundamento en la observación astronómica de los antiguos. Esos hombres que permitieron a sus sucesores pararse sobre sus hombros y extender el horizonte del saber. Ellos cultivaban su alma reposando en la contemplación del firmamento. Pero en la actualidad, en un mundo que no cesa de girar en torno al dinero y al poder, “contemplación” es sinónimo de ocio, pereza e improductividad; cada vez es mayor la tendencia a eliminar “tiempos muertos”, tildándose de tiempo muerto a la búsqueda de la sabiduría, cuyo manual está al alcance de todos cada noche.

Entonces, de nuestra actitud dependerá disfrutar del espectáculo que representa un ocaso, donde el sol pareciera no querer morirse y aferrarse desesperado al horizonte, dispersando sus rayos luminosos y tiñendo color sangre las nubes del atardecer, en medio de un aparente mar inquieto y borrascoso. Pero al día siguiente nace refulgente y dispuesto a transitar su órbita cotidiana, sin temor a sufrir un nuevo holocausto.

Éstos, entre tantos, son regalos de la creación, gratuitos y disponibles para todos los hombres de todos los tiempos. No hace falta ser sabio ni instruido para gozar de este contacto; la observación abre una extensa vía que proyecta al hombre a un plano sobrenatural, quien sólo una vez que haya experimentado esta contemplación podrá referirse al cielo, alabar sus virtudes y reconocer sus etapas, sus expresiones, sus ciclos y momentos, cual si se tratara de un viejo y conocido amigo.

Belen Ruarte

Estudiante de ingeniería industrial…y astro-guía.

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