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  Mito y realidad  

Es posible que los pueblos primitivos nos estén enseñando algo sorprendente: el reconocimiento de que el Universo está animado y que, lejos de ser pura materia, la realidad que nos rodea tiene “Alma” propia, por lo tanto, también voluntad y discernimiento.


Los antiguos, al igual que los hombres que están muy cerca de la naturaleza, vieron siempre al hombre como parte de la sociedad y a esta como inmersa en la naturaleza y dependiendo de la fuerzas cósmicas. Para ellos, no había oposición entre la Naturaleza y el Hombre.
Los fenómenos naturales eran concebidos en relación con la experiencia humana y esta, a su vez, era referida a los acontecimientos cósmicos. Ahí está la distinción entre los antiguos y nosotros. La diferencia fundamental entre las actitudes del hombre moderno y las del antiguo, con respecto al medio que lo rodea, es que para el contemporáneo, que se apoya en la ciencia, el mundo de los fenómenos es, ante todo, algo separado de él, algo impersonal, en tanto que para el hombre antiguo, es enteramente personal y parte de él.



Para el hombre de antaño, el mundo no es inanimado ni vació ni separado de él, para él es un mundo pleno de vida y esta vida posee individualidad en el hombre, la bestia, las plantas y en todo fenómeno que se presenta como el trueno, la oscuridad, una inesperada claridad en el bosque, una piedra que repentinamente cae…cualquier fenómeno pude surgir ante el, todo el tiempo, no como algo separado de él, sino, con él, se lo experimenta como vida que encara a la vida.

El antiguo concibe los acontecimientos como sucesos individuales, como “acciones” que al “explicarse” toman la forma de un relato.

En otras palabras, los antiguos formulan mitos en vez de establecer un análisis o llegar a conclusiones. Nosotros podemos explicar, por ejemplo, que ciertos cambios atmosféricos interrumpan la sequía y produzcan la lluvia. Los babilonios, observando los mismos hechos, los toman como muestra de la intervención del gigantesco pájaro IMDUGUD, que venía en su auxilio. Éste cubría el cielo con las negras nubes de tempestad de sus alas y devoraba al Toro del Cielo, cuyo cálido aliento había abrazado las cosechas.

Al formular un mito de esta naturaleza, los antiguos no trataban de proporcionarse una diversión, ni tampoco buscaban una explicación inteligible de los fenómenos naturales. Relataban los acontecimientos con los cuales se hallaban comprometidos a lo largo de toda su existencia. Experimentaban directamente un conflicto entre fuerzas, una de estas era hostil a la cosecha de la cual dependían, la otra era terrible, pero benéfica: el trueno los libraba en el momento crítico, venciendo y destruyendo completamente la sequía. Tales imágenes se habían hecho ya tradicionales en la época en que las encontramos en el arte y la literatura, pero, originalmente, deben de haber sido consideradas como una revelación vinculada a la experiencia. Se trataba de productos de la imaginación, pero no de meras fantasías.

Si tratamos de comparar el pensamiento creador de mitos del pensamiento moderno (estos es, el científico), nos encontramos con que sus diferencias se deben más a la intención y actitud emotiva que a lo lógico.

La característica del pensamiento moderno es la distinción entre lo subjetivo y lo objetivo, la critica y el análisis a partir de los cuales se reducen los fenómenos individuales a fenómenos generales y sujetos a leyes universales…creando un abismo cada vez mayor entre la percepción de los fenómenos y los conceptos…observamos que el Sol sale y se oculta, pero pensamos de que es la Tierra la que se mueve alrededor del Sol…vemos los colores pero los explicamos por diferencias en las longitudes de onda de la luz…soñamos con un pariente muerto pero lo describimos como un producto de nuestro subconsciente.

Aún cuando personalmente no podemos comprobar la certeza de estas explicaciones científicas, las aceptamos porque sabemos que se pueden comprobar y que poseen un grado de objetividad mayor que el de nuestras impresiones sensibles.
En cambio…en el pensamiento creador de mitos no hay lugar para un análisis crítico semejante acerca de las percepciones. El hombre primitivo no puede separarse de la presencia de los fenómenos, porque estos se le revelan…es por ello que para él, carece de significado la distinción entre conocimiento subjetivo y objetivo. Tampoco, advierte un contraste entre realidad y apariencia. Para él, todo lo que es capaz de afectar su entendimiento o su voluntad es real….así, por ejemplo, no hay ninguna razón para que los sueños se consideren menos reales que las impresiones recibidas en la vigilia….se dice que los babilonios y los griegos, buscaban guía de la divinidad pasando la noche en lugares sagrados, con el fin de esperar la revelación en sueños...
Para la mente creadora de mitos, todo lo que ocurre en su mundo tiene la misma realidad.

La ciencia reduce el caos de las percepciones a un orden, dentro del cual los acontecimientos ocurren de acuerdo con leyes universales, por una causa, los generaliza.
En cambio, el pensamiento primitivo reconoce la relación causa-efecto, pero le es imposible concebir la causalidad como algo mecánico, sujeta a leyes, separado de nosotros y generalizado.
El hombre primitivo, cuando busca a una causa no se pregunta ¿Cómo?, sino ¿Quién?...se interroga por la voluntad y la intención que ocasionan el acto particular…cuando el río no fluye, no supone que la falta de lluvias en las montañas lejanas lo explique…cuando el río no fluye es porque se rehúsa a fluir…habrá que encontrar el motivo y preguntarle al río…el hombre primitivo necesita encontrar una causa tan especifica e individual como el acontecimiento que debe explicar…no hay causas generales…no se analizan los sucesos como mecánicos…se lo experimenta en su individualidad….en cambio, el hombre moderno comprende los fenómenos no a partir de sus peculiaridades, sino de lo que los convierte en manifestaciones de leyes generales…no hay individualidad de acontecimientos.

Por lo tanto…hay que considerar seriamente al mito, puesto que revela una verdad significativa, aunque no verificable, una verdad metafísica que exige que se le reconozca por medio de la fe y no pretende justificarse ante la crítica.

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